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05.02.09

EL SALVADOR. Construcción de la identidad indígena en el siglo XXI

El antropólogo Carlos Lara discute los diversos espacios en los que se construye la identidad étnica de la población indígena salvadoreña a principios del Siglo XXI. El artículo se basa en su libro La población indígena de Santo Domingo de Guzmán. Cambio y continuidad sociocultural, publicado por CONCULTURA. Carlos Lara, autor de varios libros, obtuvo una maestría en antropología en la Universidad de Calgary, Canadá; está terminando su doctorado en la UNAM y es catedrático en la Universidad de El Salvador.

Es fundamental estudiar las poblaciones indígenas en El Salvador para develar la oculta diversidad sociocultural del país. La conciencia nacional se ha construido bajo el presupuesto falso de la homogeneidad cultural, que se basa en el simbolismo del mestizaje, según el cual todos somos mestizos y por lo tanto iguales. Aunque todos los sistemas sociales y culturales que coexisten en el territorio nacional presentan un grado importante de hibridación (o mestizaje cultural), la manera como se han configurado los diversos sistemas socioculturales, esto es, la manera como se han creado y combinado los valores, las concepciones y las normas sociales que orientan la vida diaria de los individuos, difiere en los diversos grupos y localidades que conforman la nación. Así, los grupos étnicos (indígenas y no indígenas), los estratos socioeconómicos, los grupos religiosos, las diversas regiones y municipios, etc., presentan diferencias importantes en sus patrones culturales e identitarios.

Los grupos indígenas presentan diferencias socioculturales importantes en relación al resto de la población salvadoreña, no obstante que estas diferencias muchas veces no son evidentes.

En el año 2000 la Organización No Gubernamental Ayuda en Acción me encomendó estudiar la población indígena de Santo Domingo de Guzmán con el objeto de revelar el proceso de construcción de la identidad étnica de este grupo de la zona occidental. El interés en estudiar esta población de origen nahuat estriba en el interés en generar un proceso de desarrollo social integral y consolidar la democracia en este municipio. No se puede desarrollar social, económica y políticamente El Salvador si no tomamos en cuenta los intereses sociales y culturales de sus poblaciones indígenas, sobre todo en un municipio como Santo Domingo de Guzmán cuya población indígena en el año 2000 ascendía al 87.97% de la población total.

Mi investigación parte de la premisa de que la identidad étnica, como los demás tipos de identidad sociocultural, no es un fenómeno puramente cultural, sino que ante todo está constituida por una relación social, la relación entre “el nosotros” y “los otros”, en donde los otros son los extraños, los diferentes a nosotros. En este sentido, la identidad étnica es producto de la interacción social cotidiana, la cual supone procesos económicos, políticos y culturales. A partir de esta interacción social cotidiana, el grupo étnico construye un universo simbólico de autoidentificación y diferenciación por otros, así como un universo de relaciones sociales de solidaridad y autoridad al interior del grupo.

En el caso del grupo de origen nahuat de Santo Domingo de Guzmán, así como del resto de los grupos indígenas que permanecen en el país, este planteamiento es particularmente cierto. Entre ellos se han reducido al mínimo los símbolos manifiestos de la identidad indígena como la vestimenta, danzas folclóricas e incluso el lenguaje nativo. A simple vista, los indígenas de Santo Domingo no se distinguen de los ladinos del municipio. Pero, no obstante que no mantienen los símbolos manifiestos que normalmente se le atribuyen a la identidad indígena en América Latina (sólo un 2% de los indígenas hablaba nahuat en el año 2000 y sólo algunas ancianas vestían el refajo – la falda tradicional indígena – en ese mismo año), ellos tienen una identidad bien definida y los pobladores del municipio saben perfectamente quién es indígena y quién no lo es.

Dado que los indígenas salvadoreños no presentan rasgos culturales que hagan visible su identidad étnica, es necesario realizar estudios a profundidad que den a conocer los elementos que están definiendo su identidad en un momento determinado. Pues si bien la identidad indígena mantiene una línea de continuidad con el pasado – la identidad es una construcción de larga duración –, ésta se está construyendo año con año, y lo que puede constituir un símbolo de identidad en un momento determinado puede dejarlo de ser en otro. El estudio de la identidad indígena supone tomar en serio la dialéctica cambio/continuidad sociocultural.

La identidad es producto de la interacción social cotidiana. Las relaciones de oposición y contraste con otros grupos étnicos condicionan la construcción de la identidad indígena. Los indígenas de Santo Domingo establecen relaciones de oposición con dos grupos étnicos: los ladinos (los mestizos que habitan en el pueblo y que mantienen una relación directa con los indígenas) y los mestizos (la etnia dominante a nivel nacional y que mantiene el control sobre los aparatos del estado).

Los indígenas definen su identidad étnica (y son definidos) sobre la base de la posición que mantienen en la estructura del poder social del municipio. Mientras los ladinos mantienen el control sobre el poder socioeconómico (son los ganaderos, los principales comerciantes y los que se contratan con instituciones públicas y privadas), los indígenas ocupan las posiciones más bajas de la estructura socioeconómica del municipio (son los campesinos pobres y las alfareras que practican una economía de subsistencia).

Además, a partir de mediados del Siglo XX los ladinos tomaron el control sobre el poder político del municipio, modernizando el sistema político de Santo Domingo, al establecer la separación entre el gobierno municipal y las organizaciones religiosas denominadas cofradías. Sin embargo, en las últimas décadas, los indígenas, a través de sus organizaciones étnicas y utilizando el sistema de partidos políticos, también compiten por el control del gobierno municipal (en el año 2000 el alcalde era un indígena, mayordomo de la cofradía de Santo Domingo). Este conflicto interétnico condiciona la construcción de un sistema cultural propio y de un sistema de relaciones sociales al interior de la población indígena.

El sistema sociocultural indígena tiene su fundamento en la economía de subsistencia, basada en el cultivo a pequeña escala de granos básicos, bajo el sistema de la milpa. La milpa es un pluricultivo que asocia en la misma parcela el cultivo del maíz con el del frijol, el del maicillo (o sorgo) y el de algunas calabazas (pipián y ayote), y en ocasiones pepino. Este pluricultivo de origen prehispánico (con algunas innovaciones, como el cultivo del maicillo) representa la base de la alimentación de las familias indígenas. Aunque los promotores del desarrollo suelen recomendar que dejen de cultivar con este sistema, pues lo consideran poco rentable, los indígenas de Santo Domingo continúan cultivando la milpa pues les proporciona cierta autonomía de un mercado sobre el cual no tienen control.

Mi experiencia en el campo me indica que, a diferencia de lo que dice la sociología tradicional, ellos no cultivan la milpa porque el sistema los haya obligado debido a la poca capacidad del capitalismo dependiente de absorber la fuerza de trabajo del país. Lo hacen sobre todo como un acto de resistencia frente a la tendencia del sistema dominante a integrar a todos los individuos a la lógica del mercado y la economía empresarial. Con la producción de la milpa, los indígenas mantienen cierta independencia del mercado, aunque esta independencia no es ni pretende ser absoluta. No se trata de un acto de aislamiento, pero sí de un interés por mantener cierta autonomía que les permita defenderse de los vaivenes de los precios y el costo de la vida.

La agricultura de subsistencia se complementa con la alfarería. Si la agricultura es ante todo una actividad masculina, la alfarería la realizan las mujeres de los grupos domésticos indígenas que habitan en el casco urbano. Es una alfarería utilitaria que mantiene la misma lógica de subsistencia de la milpa.

Pero la economía de subsistencia no puede entenderse bajo una perspectiva puramente económica, representa una opción cultural que conlleva un estilo de vida social. Es un estilo de vida que confía más en la acumulación de capital social, en las relaciones de solidaridad y ayuda mutua que pueden desarrollarse entre los parientes y los miembros de la comunidad, que en la acumulación de capital material, que se genera a través de la pura actividad económica. Es por ello que el tiempo que dedican estos indígenas a la promoción de sus relaciones sociales es al menos tan importante como el que dedican a sus labores económicas.

Las relaciones de solidaridad y ayuda mutua entre los indígenas de Santo Domingo se desarrollan en primera instancia en la organización de los grupos domésticos y las familias ampliadas. Los grupos domésticos son unidades multifuncionales, que garantizan la supervivencia de los individuos y crean las redes de cooperación entre ellos. Sobre la base de estos grupos domésticos, también se crean las familias ampliadas, las cuales se construyen a través de la alianza de algunos hermanos y hermanas y sus grupos domésticos, e incluso pueden incorporar a uno o dos primos cercanos o algún otro miembro. Estas familias ampliadas constituyen las redes de solidaridad que continúan funcionando una vez que el grupo doméstico se ha disuelto.

Los grupos domésticos y las familias ampliadas también constituyen la base de las alianzas para la formación de organizaciones religiosas y políticas, las cuales, a su vez, refuerzan las relaciones de solidaridad y ayuda mutua, pues a la relación de parentesco se le agrega un nuevo tipo de relación social que también genera un sentimiento de afinidad.

Esto constituye uno de los aspectos más trascendentes en la realización de las actividades religiosas del municipio, el hecho que promueve la sociabilidad y la cooperación entre los creyentes. En Santo Domingo el campo religioso estuvo dominado por la Iglesia Católica hasta la década de 1970. Hasta entonces la organización tradicional de la cofradía era la encargada de organizar la vida religiosa del municipio, la cual se ha caracterizado por practicar un tipo de catolicismo híbrido, que combina creencias y prácticas cristianas con creencias y prácticas que son propias de la cultura nahuat.

Sin embargo, a partir de la década de 1980 el municipio ha experimentado el crecimiento de las iglesias evangélicas, las cuales han provocado que un alto porcentaje de indígenas abandone la Iglesia Católica. Este crecimiento de las iglesias evangélicas se da en el marco de la transformación sociocultural del municipio, pues este proceso abre el espacio para la creación de nuevas expresiones culturales que cuestionan el predominio de las concepciones y las prácticas tradicionales.

En el año 2000, el municipio y la población indígena de Santo Domingo se encontraban divididos por la afiliación religiosa. Esto, sin lugar a dudas, está transformando la identidad indígena, no sólo por el hecho de que ha estado asociada históricamente a símbolos católicos, sino también porque la división religiosa repercute en la formación de sus organizaciones étnicas, ya que católicos y evangélicos normalmente no se integran a las mismas asociaciones.

En efecto, en la década de 1990 surgieron tres asociaciones indígenas que están trabajando por el mejoramiento de las condiciones de vida de su grupo étnico y la promoción de su identidad y sus expresiones culturales. Estas asociaciones son: la Asociación de Desarrollo Comunal Indígena Nahuat (ADESCOIN), la Asociación de Desarrollo Comunal del Medio Ambiente Indígena (ADESCOMAI) y la Asociación Nacional Indígena Nahuat (ANIN). En realidad, sólo la primera y la tercera asociaciones demuestran capacidad de movilización y desarrollan un trabajo que tiene incidencia en el municipio; la segunda no tiene mayor trascendencia.

Una característica común a estas asociaciones es que tienden a integrar las demandas sociales con las de tipo cultural, de tal manera que la promoción de la identidad indígena no está disociada de un programa de desarrollo social. Sin embargo, las dos asociaciones que están incidiendo en la dinámica sociocultural del municipio responden a orientaciones diferentes: ADESCOIN mantiene una orientación política de izquierda y su accionar está basado en las tradiciones de la Iglesia Católica, mientras que ANIN reproduce una orientación de derecha cuestionadora y sus miembros son mayoritariamente evangélicos. La ruptura entre estas dos asociaciones es profunda. Entre ellas no existe el diálogo. Esta división al interior de la población indígena debilita su proyecto étnico, pues ésta no puede desarrollar un proyecto unificado.

En síntesis, los indígenas de Santo Domingo de Guzmán mantienen características comunes que los unifican como grupo, como el hecho de que todos ellos ocupan los peldaños más bajos de la estratificación socioeconómica del municipio, mantienen una orientación similar en sus prácticas económicas (economía de subsistencia) y desarrollan diversas prácticas sociales a partir de las cuales construyen su red de solidaridad y ayuda mutua. Sin embargo, también presentan un nivel importante de diversidad social y cultural entre ellos: la mayoría habita en las comunidades rurales, pero hay un sector importante que habita en el centro urbano y la población se divide por su afiliación religiosa y por sus opciones políticas.

Es posible que, a medida que se profundice el proceso de globalización en este municipio, la diversidad interna de la población indígena también se va a profundizar. Pero existe un elemento que unifica a todos los indígenas: su oposición con los blancos. Primero con los españoles, después con los mestizos y los ladinos. Una oposición que ha estado presente a lo largo de los últimos 500 años de su historia. Pero depende de todos los salvadoreños que esta dinámica de confrontación cambie. Ya es tiempo de que incorporemos las identidades indígenas a la riqueza sociocultural de El Salvador y reconozcamos sus derechos sociales y culturales, sólo de esta manera terminaremos con una larga historia de conflicto y confrontación étnica.

Por Carlos Lara
cartas@elfaro.net
Publicada el 04 de febrero de 2009 - El Faro

FUENTE
http://www.elfaro.net/secciones/academico/20090202/academico1.asp

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