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17.02.10

CHILE. La nueva generación de comuneras mapuches

Viven entre dos mundos: la tradición y la modernidad. Algunas de las comuneras jóvenes dividen su vida entre el campo y la ciudad; otras, no cruzan las fronteras de sus comunidades. En los sectores combativos apoyan ciegamente a sus weichafes (guerreros) y, en otros, creen que la mejor forma de recuperar su patrimonio está lejos de la violencia. "Luchar por nuestra herencia no tiene nada que ver con quedarse en el pasado", dice una de ellas.

 


Reportaje en Revista YA. El Mercurio, 16/02/2010


Griselda Calhueque masculla una frase ininteligible en un mapudungún seco. Está parada en el umbral de su casa. Frente a ella, como protegiéndola, dos perros ladran a destiempo con rabia insegura. Por un costado de la puerta de su mediagua se asoman las cabezas de sus dos hijos, Wanglen y Makilef. Los dos niños -una pequeña de cinco años y grandes ojos negros y un niño de siete y largo pelo- llevan pijamas y miran con expresión de indiferencia. Hace unos momentos jugaban en el patio de tierra que enfrenta la casa, pero corrieron a esconderse con su madre, que ahora se queda parada con los brazos cruzados sobre el pecho y en su frente comienza a marcarse un ceño agrio.

-Ustedes vienen a escribir mentiras sobre nosotros. Las mujeres acá hemos sufrido mucho. Eso es lo único que tiene que contar -dice con rudeza y apunta al camino de salida.

-¡Fuera! Váyase -gruñe y desaparece tras su casa.


Griselda Calhueque tiene 27 años, el pelo negro y lleva un cintillo en la frente que le da un aspecto severo.
Como una guerrera. Es baja, pero tiene un aire altivo. Habla suave, pero sus expresiones son drásticas. Es la Kure (esposa) de Jaime Huenchullán (30), caudillo de uno de los clanes familiares más poderosos de Temucuicui, la comunidad mapuche más conflictiva de la Novena Región. Jaime, al igual que sus cuatro hermanos, ha estado procesado y ha sido detenido por incidentes terroristas. Sus delitos van desde atentados incendiarios hasta intentos de homicidio.

Griselda dice que Jaime es inocente de todo lo que lo acusan. Que todo es una invención del gobierno. La justicia no piensa lo mismo. En 2006 Jaime Huenchullán estuvo siete meses en la cárcel de Angol y en enero de 2008 volvió a ser retenido en el recinto penitenciario de Victoria hasta que fue absuelto en junio pasado.
También ha vivido en la clandestinidad, escondido en los cerros; desaparecido en el campo; visitando a su mujer y a sus hijos por las noches.

En esa época clandestina Griselda, su mujer, durmió intranquila y muchas veces con la ropa puesta. Sabía que en cualquier momento podrían aparecer carabineros a registrar su casa o para interrogarla. Entonces, al igual que ahora, ella se quedaba en silencio.

Todo eso Griselda lo contó hace cuatro meses, la primera y única vez que aceptó conversar de su vida. Eso sucedió un jueves de octubre, una tarde de viento frío, frente a un fogón que mantenía encendido su vecina y concuñada Victoria Tori (25), la mujer de Rodrigo Huenchullán. Entonces Temucuicui -casas de latón, una polvorienta calle de tierra y casi 200 familias- pasaba por uno de sus momentos de mayor turbación. A pocos metros del pueblo, tras una loma de pinos resecos, un grupo de weichafes (guerreros) combatían con las fuerzas especiales de Carabineros, que aún custodian el fundo La Romana del empresario agrícola René Urban, un terreno que los comuneros llevan más de una década intentando recuperar.

Mientras los piedrazos, los disparos y el sonido del kull-kull (cuerno que se utiliza como señal de alerta) marcaban una nueva postal del conflicto mapuche, Griselda y Victoria mantenían la calma y escuchaban las noticias de la radio Viaducto de Collipulli. Un ritual indispensable para ellas. Muchas veces las ondas radiofónicas les informaron cuando alguno de los hombres del clan había sido detenido en alguna ciudad cercana.

-Vivimos con esto. No tengo memoria para recordar todas las veces en que la policía ha allanado nuestras casas y nos ha tratado mal. Llegan de noche y nos revuelven todas nuestras cosas, nos botan el trigo y la harina buscando armas, pero nunca encuentran nada. Lo que muestran después como armas son cosas que plantan ellos mismos. Y a nosotras porque estamos casadas con Huenchullán nos tratan peor. Están convencidos de que nuestros maridos son terroristas, pera ellos sólo están luchando por lo que nos pertenece.

Griselda se casó con Jaime Huenchullán, poco después de cumplir los 20 años y de haber trabajado un tiempo como nana en Santiago. Se fue a regañadientes y sólo para mandarle dinero a su familia. Su experiencia fue breve y desagradable. Dice que le pagaban poco, que la trataban mal, que su patrona le decía "india floja" y que detestaba usar los electrodomésticos de la casa. No sabía cómo encenderlos. En el campo no existían. Un día se cansó de la ciudad, y se devolvió a donde sus padres sin cobrar su sueldo. A los meses se casó con Jaime por la ley mapuche y se fue a vivir a la parcela de su marido en Temucuicui.

Griselda dice que ella no es para estar lejos. Incluso ahora, trata de no salir de su comunidad.

-Cuando vamos a Victoria o Ercilla hay gente que nos trata de india, de tonta, de cochina.

En esas ocasiones tampoco responde. Con suerte se traga algunas maldiciones.

-Para qué los voy a insultar. Ellos son los tontos porque jamás se han preocupado de saber realmente cómo somos.

Tras las cifras


Según el Censo de 2002 en el territorio nacional existen 604.349 mapuches, quienes representan el 87,3 por ciento de toda la población indígena chilena. La gran mayoría se concentra en zonas urbanas (62,4 por ciento), pero el resto se reparte en comunidades indígenas -pequeñas localidades que comparten un territorio- ubicadas en la novena y décima región. Datos entregados por la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi) dicen que sólo en la Región de La Araucanía actualmente existen 1.843 comunidades mapuches. Un 49 por ciento de sus habitantes son mujeres.

Más allá de las cifras, los estudios que hoy se manejan sobre la realidad social y cultural mapuche son escasos. Esa falta es aún más notoria cuando se habla de la situación de las mujeres de estas comunidades. La antropóloga Sonia Montecino -quien centra su trabajo en el estudio de las identidades étnicas y de género- cree que las razones de esta carencia tienen que ver con dos grandes factores. Primero, la desconfianza que sienten los mapuches hacia los investigadores huincas, porque piensan que con sus conocimientos y legado cultural ocurrirá la misma expropiación que sucedió con sus tierras. Segundo, los rígidos códigos de ética que las comunidades imponen a los forasteros y que muchas veces no son compartidos por sus mismos integrantes.

Pese a la falta de estudios sobre esta realidad en los sectores rurales, existe un conscenso sobre la pobreza como el elemento central que define a estas comunidades, y a sus mujeres. La encuesta CASEN de 2006 reporta que la Novena Región se encuentra entre las más pobres del país, con una tasa de 20,1 por ciento que se concentra principalmente en las comunidades indígenas rurales. Los más afectados: mujeres y niños.

Para la antropóloga Sonia Montecino esta situación de pobreza sería una de las principales causantes de la migración de jóvenes mapuches, especialmente mujeres, a las grandes ciudades, en búsqueda de mejores oportunidades y de la seguridad de un trabajo asalariado. La investigadora comenta que esto es un fenómeno histórico, pero que ahora se ha renovado con mujeres que salen con las mismas intenciones de mejorar su situación económica, pero que tienen una visión más amplia de su realidad, de sus derechos y de su futuro.

Otro factor determinante en la vida de las comunidades mapuches es el bajo nivel educacional que tienen sus integrantes. El informe CASEN asegura que en los grupos indígenas rurales -que mayoritariamente se concentran en la Novena Región- el 70 por ciento tiene algunos años de educación básica, y el analfabetismo en estos sectores llega al 20 por ciento de adultos entre 35 y 59 años. Crece hasta el 45 por ciento en el tramo de 60 años o más. La tesis del informe es dura: "Los indígenas dejan de estudiar por dificultades económicas, y esto los lleva a desempeñar oficios con muy baja o inexistente calificación. Los peor remunerados".

Sonia. Entre el campo y la ciudad


Una nube de polvo enturbia el parabrisas del auto rojo. El Toyota Tercel de segunda mano atraviesa el camino que lleva a la comunidad mapuche El Natre, un sector agrícola ubicado a 12 kilómetros al sur de Temuco y donde viven cerca de 60 familias. Al volante está Sonia Cayunao, una comunera que nació y se crió en una parcela cercana a este sector, pero que la dejó a los 16 años. Se fue a trabajar como niñera en una casa de Temuco, mientras terminaba sus estudios de contabilidad en un liceo comercial por las tardes. Después partió a Santiago donde al principio trabajó de nana en Las Condes y después como recepcionista en un gimnasio de La Dehesa.

-Fue una decisión personal, una rebeldía. Mi mamá no estaba muy de acuerdo en que estudiara. De hecho durante unos años me prohibió asistir a la escuela rural de la comunidad y me obligó a cuidar los animales en el campo, y a que aprendiera a tejer a telar. Decía que eso era lo que tenían que hacer todas las mujeres mapuches, dedicarse a la huerta y a la casa. Pero yo quería otras cosas, ver que había otra vida -dice Sonia, quien durante todo el viaje le repite palabras en mapudungún a su hijo Aymar de tres años.

Sonia Cayunao tiene 27 años y una imagen para muchos no encaja con la figura tradicional de la mujer mapuche. Su tez pálida, el largo pelo rizado con trazos de tintura clara, los jeans ajustados y las uñas pintadas en tonos rosados, la hacen parecer como cualquier huinca de la ciudad. Ella lo sabe y dice que no le importa. Sólo le interesa que "su gente" -como llama a los comuneros- la acepte y la respete.

De todas formas saca sus pergaminos. Dice que creció pobre en una parcela en la comunidad José Santos Choque, que su padre fue dirigente indígena, que ella se casó con un peñi de Ercilla de quien se separó hace un año y que ahora es la vocera de Trawun Lof, una agrupación que reúne a ocho comunidades colindantes con el fundo Santa Margarita. Un terreno que hasta fines del año pasado perteneció al empresario agrícola Jorge Luchsinger y que hace unos meses fue comprado por la Conadi, la que se la entregó a otra asociación indígena que no limita con el sector.

-Eso -reclama Sonia- es una injusticia porque las familias de nuestras comunidades históricamente tienen los derechos sobre esas tierras y los han venido reclamando desde hace décadas.

Antes de integrar esta agrupación, Sonia trabajaba como cajera en una tienda de decoración y regalos del mall de Temuco. El trabajo le gustaba y le daba el dinero suficiente para pagar una pieza en la ciudad, mantener a su hijo y comprarse un auto, pero su labor como dirigente mapuche la obligó a renunciar. Las reuniones que su agrupación empezó a tener con las autoridades regionales, la entrevista que sostuvieron con el ministro secretario general de la Presidencia, José Antonio Viera-Gallo, y las movilizaciones de protesta que ella y las otras dirigentes de su grupo encabezaron en la carretera y frente la intendencia de Temuco, la hicieron faltar mucho.
-Aunque durante mucho tiempo viví alejada de mis raíces, mi sangre fue más fuerte y sin darme cuenta volví para comprometerme con mi comunidad. Ahora quiero demostrar que se puede vivir en dos mundos, sin perder la esencia indígena -comenta Sonia, quien es la encargada de mantener actualizada la página facebook de su colectividad, de contactarese con otras agrupaciones mapuches y de mandar los comunicados de prensa por correo electrónico desde su notebook.

-Es necesario combinar las herramientas que entrega la modernidad con la sabiduría de nuestras tradiciones para que mi pueblo salga adelante. Me gusta participar en los nguillatunes de las comunidades para pedir la protección a Ngenchén (Dios) y averiguar más sobre la historia de nuestras comunidades. Pero también sé que tengo que estar informada de lo pasa en el mundo para decidir muchas cosas. Luchar porque respeten nuestra herencia no tiene nada que ver con quedarse en el pasado.

El nuevo liderazgo


Aunque los líderes históricos más reconocidos de la cultura mapuche han sido hombres, sus mujeres siempre han tenido un rol fundamental en su organización social. Primero como pilares de la familia ancestral; luego durante la lucha con los españoles cuando ellas asumían -además del rol de madre- el sustento de toda la familia, mientras sus maridos se iban a la guerra. Después de la pacificación de La Araucanía su rol en la escala económica familiar se fortaleció aún más.  Ellas desarrollaron nuevos medios de subsistencia: la comercialización de productos agrícolas y artesanías en las ferias. Y luego vino el proceso de migración (campo-ciudad) que las cambió de escenario y amplió sus horizontes.

La historiadora Millaray Painemal se aventura a bosquejar un perfil de las mujeres que viven en estas comunidades. Lo hace desde su propia experiencia: ella es dirigente de una comunidad Coiwe de Cho Chol, es hija de un líder mapuche y además integra la Asociación de Mujeres Rurales e Indígenas (Anamuri) en Santiago.
"Hoy las mujeres mapuche somos muy diversas y nos movemos en distintos espacios tanto a nivel rural como en los sectores urbanos. Los cambios más importantes en su forma de vida se han generado por  las organizaciones en las que están participando. Eso sucedió con la llegada de la democracia, cuando muchas "lideresas" formaron sus propios grupos para abordar temáticas que la organización tradicional no trataban: la salud sexual y reproductiva, la violencia intrafamiliar, el cuestionamiento a las relaciones de género. Y ése es un gran cambio".

Millaray Painemal cree que existe una nueva generación de comuneras mapuches. "En la actualidad las mujeres asumen roles más protagónicos en las organizaciones mixtas o, directamente, en organizaciones propiamente femeninas. También, están participando cada vez más en los procesos de recuperación de las tierras y siguen asumiendo las jefaturas de hogar y aportando a la economía familiar".

Margarita. Heredera de la tradición


Margarita Coche nunca conoció a Matías Catrileo, pero ubica exactamente el lugar donde el comunero mapuche murió durante un enfrentamiento con la policía en enero de 2008. Fue muy cerca de su casa, una  parcela ubicada a 200 metros de la alambrada y del camino que circunda al Fundo Santa Margarita, un terreno que hasta diciembre pasado pertenecía al empresario agrícola Jorge Luchsinger.

-Donde se ve ese manchón de pasto reseco cayó Catrileo. Después que murió empecé a leer sobre él en internet. Descubrí que su pensamiento se parecía al mío. Yo también creo que los mapuches somos los dueños de estos territorios. Lo que no me gusta es la forma en que luchaba, la violencia -dice Margarita mientras indica hacia un vasto terreno que se extiende luego de unos matorrales y de una profunda zanja. Es enero, pero llueve. Las gotas que caen se resbalan por la gruesa manta de lana que la cubre. El viento que corre no mueve el peinado que se armó esta mañana.

Margarita Coche Painen tiene 22 años, grandes ojos oscuros, pero ideas claras. Estudia servicio social en una universidad de Temuco y el año pasado fue elegida como líder de la José Santos Choque, la comunidad donde vive, donde nació su padre y todos los antepasados de los que tiene memoria. Incluido el mismo lonko que le dio nombre a la comunidad hace más de trescientos años. Quizás por eso la asamblea la escogió por unanimidad.

Al principio, Margarita dudó en aceptar el cargo, pero aceptó después de meditarlo unos días y conversar con otras comuneras. La convenció la idea de que además de luchar por la tierra, también podía rescatar las tradiciones de su pueblo.

En la casa de Margarita todos hablan mapudungún y hay una enredadera de copihues. Su parcela -dos hectáreas de tierras en las que hay sembradíos de habas, lechugas, tomates y forraje para los animales- no se diferencia de las que tienen los cincuenta vecinos de este sector agrícola, ubicado al oriente de Temuco. Por estos pedregosos caminos transitan dos micros al día y la riqueza de su vegetación disimula la precariedad.

-Aquí tenemos poco. La gente sobrevive con sus cultivos y otros trabajan con empresarios agrícolas; de hecho varios lo hacían donde Luchsinger, al igual que sus padres y sus abuelos. Muchos de ellos, especialmente los más ancianos, tienen un buen recuerdo del empresario. Dicen que era buen patrón y discuten cuando los más jóvenes decimos que tomó parte de nuestras tierras -dice Margarita, quien viste su uniforme de líder mapuche: vestido floreado, una manta agarrada por un tupu (alfiler de ropa), una trapelakucha de plata en el pecho y un trarilonko en la frente.

-Me vestiría así todo el tiempo, pero tengo que hacerlo como winka, con jeans y zapatillas, para ir a la universidad. Las cosas han cambiado y tienen que seguir cambiado para mejor.

Por Juan Luis Salinas T..

FUENTE

Revista Ya. El Mercurio, Santiago Chile 16/02/2010

 


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