La zona de Puerto Montt y Puerto Varas, cuna de la industria salmonera, ve con horror que sus ejecutivos, trabajadores y comunidad necesitan más que agallas para mantener lo que tan rápidamente (quizás muy rápidamente) habían logrado construir. Esta es la crónica de un derrumbe.
Es viernes y en Puerto Montt llueve. Llueve a chuzos, como suele llover –cuando llueve– en Puerto Montt.
Es media tarde y a la hora del crepúsculo, la hora en que los neones centellean sobre el acerado mar, el panorama en Antonio Varas, la principal vía comercial de Puerto Montt, es desolador. En menos de cinco cuadras, más de 20 carteles anuncian la venta o arriendo de pequeños negocios que por años, décadas, han estado ahí; a medio morir saltando, pero ahí.
Ahora la crisis, como un maremoto profetizado, parece haber barrido con el nuevo y enérgico espíritu de la ciudad.
No sólo agua cae sobre Puerto Montt. También lágrimas.
Basta leer cualquier diario regional: la noticia recurrente es que, aquí o allá, alguien se acaba de suicidar.
En el centro, cientos de pescadores protestan porque no pueden cumplir con los pagos suscritos con un banco de la plaza. Paralelamente, en los noticieros locales, se confirma la presencia de marea roja en la vecina Chiloé; hay gente intoxicada, hay angustia. Y, mientras grandes carteles anuncian una encendida fiesta en una conocida discoteque, lo que en verdad parece esperar la gente es saber qué solución ofrecerá el ministro Andrés Velasco que, en las próximas horas, intervendrá en un seminario cargado de inoportuno optimismo: Nuevas perspectivas en emprendimiento e innovación. Llueve en Puerto Montt. Y, al interior del mall, la gente parece comprar compulsivamente, intentando amainar el estrés generalizado. Se sabe: la industria salmonera, con sede en la ciudad, ha confesado la peor crisis de su historia.
Los números son elocuentes: ya a fines de marzo de 2009 se estimaba que 7.000 personas habían perdido su trabajo. Y, para fines de mayo, la cifra debiera triplicarse. Mala cosa para una industria eje, motor de la región que, directamente, ofrecía al menos 36.000 puestos de trabajo; cifra que fácilmente llegaba a 50.000 considerando los indirectos. La cadena es larga: detrás de cada salmón en la parrilla, en el horno, en la sartén, en la buena tostada con queso Philadelphia, hay gente que trabaja en el aeropuerto, en los hoteles, en los camiones de alevines, en las veterinarias, en las industrias de plásticos y alambre galvanizado, en la casa de remolienda, en fin.
Puerto Montt siempre ha sabido de temporales. Pero no uno tan fuerte como éste que augura echar por tierra el dulce sueño de una ciudad que, durante toda su historia, sólo había anhelado despegar. Y vaya que lo estaba logrando. Pero cuando Muerto Montt parecía haber acabado con el mito (ese que lo situaba como una ciudad aburrida, dormida, poco atractiva), hoy la depresión nuevamente arrincona al optimismo.
Llueve en Puerto Montt. En el patio de comidas, el grueso y bien enchombado habitante hace cola frente al Bufette Express. Poca público hay, en cambio, en los locales de comida rápida tradicional. Acá en el sur, a sabiendas de que las cosas se pueden poner aún peor, la gente parece preferir platos hogareños en vez de grasa chatarra saturada: otro símbolo de que el horno, simplemente, no está para bollos. Se sabe: las cosas se pueden poner aún peor.
“Es que esto está recién comenzando”, dice, bien sentado en una de las cafeterías del mall, Eduardo Salazar, presidente de la Cámara de Comercio de la ciudad y director de la Cámara Nacional de Comercio de Chile. Su diagnóstico es deprimente.
Eduardo asegura que, ante la magnitud de la crisis de la industria, los bancos dejaron de prestarle plata al salmonero y, corolario, más que afectados quedaron los ejecutivos que trabajaban en el rubro. De ahí para abajo, la caída fue rápida, violenta, como si se tratara de fichas de dominó bien puestas por algún sádico que quería congraciarse con el desplome. A eso, por cierto, se sumó la reciente crisis internacional que concluyó con el pequeño comercio acogotado por un retail que, "sobrestockeado", ofrecía descuentos de hasta un 80%.
Nada que hacer. Aquí y allá se escuchaban llantos destemplados. Lo del salmón fue mala suerte. Pero, quizás, también descuido.
La historia es más o menos conocida.
A mediados de 2007, se empieza a hablar del temible ISA, un virus que ya había causado estragos en la industria salmonera de Noruega que, mal diseñada, facilitó el contagio de los peces.
Finalmente, la crisis estalla en julio de 2008. Y, a poco andar, empresas como Marine Harvest y Aguas Claras informan que hay plantas perdidas por completo. Más encima, pronto se informa de más pestes; entre ellas el caligus, la marea café y el bloom de algas (muerte por asfixia de los peces en cultivo) problemas que, juntos, afectaban al 35% de la industria. Corolario, las empresas afectadas advierten que, el 2010, casi no habrá producción alguna.
En esta Calama del mar, El Teniente del sur, las cosas no pintan nada de bien. Eso cuando, detrás del cobre, la celulosa y la fruta, el salmón ocupaba un más que honroso cuarto lugar.
Pero ahora la industria está herida: si el 2007 se habían exportado 397.000 toneladas, un año después la cifra había alcanzado un récord de 445.000 toneladas de salmón y trucha (equivalentes a cerca de US$2.400 millones), eso porque las empresas decidieron cosechar antes de tiempo, tratando de evitar el contagio con el ISA; una infección fatal para los salmones del Atlántico pero sin peligro para humanos. Ergo, la caída en 2009 se anuncia brutal. Y las cosas hacia el 2010 pueden ser incluso peor.
Pero… ¿qué pasó?, es la pregunta… Y, al respecto, hay quienes insisten en que hubo, al menos, exceso de confianza. Y poca capacidad para prever la crisis, elemento que, con antelación, hubiera permitido desarrollar salvadoras estrategias, entre ellas el incentivo de la producción de truchas (hoy la relación es de un 70% de salmones versus un 30% de truchas); estos últimos, peces en los cuales el ISA no es fatal.
Es en este escenario, entonces, es que se ha generado tanto resentimiento entre los locales en contra del cuerpo ejecutivo de la industria salmonera. Los más críticos aseguran que ni siquiera existe una real radiografía del problema. Pese a todo, empresarios como Víctor Hugo Puchi, de Aqua Chile, o los directivos de Salmón-Chile, la asociación de salmoneros, han sido claros en admitir que el futuro de la industria pasa por un cambio radical en el modelo productivo.
“La industria del salmón creció sin pensar en su sustentación y sin que se pensara en medidas precautorias”, asegura Eduardo Salazar, antes de concluir con su café. “El resultado es que la banca les quitó el piso y hoy no hay créditos para la industria. Para nadie”.
El cambio los ha afectados a todos, pero hay algunos que sufren más. “Esta crisis afecta más a la clase media de Puerto Montt que a los gerentes de las salmoneras”, dice Pía Mancilla, empresaria de turismo que lleva más de 10 años viviendo en la zona. “Los ejecutivos de los bancos hacían colas afuera de las empresas salmoneras ofreciéndole todo tipo créditos a los empleados. Y ellos los tomaron. Ahora hay muchos que están tremendamente endeudados. Sin embargo, hoy los bancos cortaron cualquier préstamo a los trabajadores. Si eres de las salmoneras, ya no tienes crédito abierto”.
Salmon Hill
Sábado. Mediodía en Puerto Varas. Busco el lugar donde se supone que está Salmon Hill; un barrio, una villa, que habrían construido prósperos ejecutivos de la industria salmonera. Extrañamente, si bien hay muchos que aseguran saber de su existencia, su exacta ubicación es un enigma. Unos dicen que se trata del borde de lago entre Puerto Varas y Ensenada y todas las grandes casas, con rarezas como calefacción central y termopanel, que ahí se construyeron. Otros dicen “sí, sí, claro que existe Salmon Hill; es la villa, cerca de la estación de ferrocarriles”.
En una corredora de propiedades-agencia de viajes, un señor de apellido alemán insiste en que eso de Salmon Hill puede ser todo lo que construyeron los nuevos ricos mientras duró el Salmon Boom. “Estamos hablando de casas –insiste el corpulento hombre, de gran bigote y dificultad para hablar– que hoy se venden en 200, 300 millones de pesos, pero que nadie las quiere comprar”. Una pareja de japoneses entra, de improviso, a la oficina. Cotizan. Se van.
El ambiente en la oficina tiene algo de Twin Peaks.
El hombre se para, mira a través de la ventana. Es un soliloquio. “Ellos se creían capos, dioses y finalmente se farrearon la oportunidad generando un gran problema en la región. Es que esto no es menor. Es como si, de pronto, en Calama se acabara el cobre”.
Esperanza Alvarez es propietaria del restaurante Club de Yates. Esperanza vive en una gran casa en Seminario, cerca del hospital, el sector más exclusivo de Puerto Montt, “Lo de ellos era la opulencia”, dice Esperanza.
Y es que ante los ojos de quienes han nacido y crecido en una de las regiones más pobres de Chile, lo del salmón fue una revolución de oportunidades, pero que también fue el vehículo para enfrentarlos a los conflictos y tensiones sociales que sólo vienen de la mano con el desarrollo. Dolores de crecimiento los llaman algunos. ¿Quiénes eran estas familias que venían de la capital?, se preguntarían. Ante sus ojos, los habitantes de Salmon Hill accedían –casi por contrato– al encanto de Puerto Varas, con todo el sabor de restaurantes como el Ibis o el Merlin. Compraban chocolates donde Vicky Johnson, tomaban cocktailes en el Pim´s. Las mujeres se subían a sus botas de taco alto –Vía Uno, Nine West– en tiendas como Dolly. Diseños exclusivos que conseguían en tiendas prohibitivas para ellos, como Canadian, Alexia, Bobereck. ¿Quiénes son éstos? ¿Por qué están aquí? Eso y más se habrán preguntado.
Esperanza Álvarez, en todo caso, no habla con maldad. Al contrario, hay, incluso, algo de paternalismo en sus palabras. Más cuando uno se entera que, para la familia de un ejecutivo, junto a las mujeres que ayudan en la Iglesia Madre de Dios de Angelmó preparan una canasta familiar que, al menos, les permitirá sobrevivir unos días a la emergencia. Al drama. A la crisis que ya no es una advertencia.
Las cosas han sido duras: Salmon Hill ha visto partir a padres de familia que decidieron buscar trabajo, incluso en Santiago, dejando a sus familias en casas desoladas donde ya ni siquiera se prende la calefacción central. Del Colegio Alemán, muchos niños están emigrando al Pumahue. Se acabaron los matrimonios. Disminuyeron los eventos.
Pero, ya se sabe, la frustración es mala consejera y no deja entender las historias en su totalidad. “Hay cientos de personas que dejaron buenos trabajos en Santiago y que se vinieron a la zona a emprender, corriendo riesgos tremendos, y que han perdido todo. Es muy triste y genera mucha frustración”, dice la esposa de un alto ejecutivo ligado a la industria salmonera que prefiere el anonimato. “Esa gente se ha sacado la mugre tratando de crear sus empresas y también de generar trabajo en la zona, pero eso nadie lo entiende. Sólo se buscan culpables”.
En Puerto Montt simplemente no quiere volver a salir el sol. “Los que vinimos somos familias que queríamos privilegiar la calidad de vida, el contacto con la naturaleza. Pero hay mucha miopía para verlo. Sólo se ve la supuesta opulencia porque esta era una región muy pobre, donde había muy pocos profesionales”, dice la misma mujer. “Acá la vida es distinta, mucho menos exitista que en Santiago, pero a la vez mucho más solidaria. Pero eso desde Santiago no lo perciben y se quedan sólo con el estereotipo, porque además esta industria creció muy rápido y fue muy exitosa. Entonces hay también envidia en esa imagen”.
La industria salmonera llegó a representar el 30% del PIB total de las regiones X y XI, y más del 75% de las exportaciones de ambas regiones, según cifras de Salmón Chile. Entre 2000 y 2006, la pobreza en las comunas salmoneras de la X Región disminuyó más de 10%.
Quien conoce bien los padecimientos de Salmon Hill es Christian Acevedo, arquitecto y gerente de Valuaciones, una emergente empresa que se especializa en evaluar y tasar propiedades y proyectos inmobiliarios.
En septiembre de 2006, Acevedo llegó a la zona con la misión de evaluar la construcción de un moderno hotel cinco estrellas. Entonces se sorprendió con lo que él también llama el Salmon Boom y su impacto en una ciudad como Puerto Varas que, velozmente, se transformaba en una ciudad (“de película”) con “micro-barrios marcados por el Vinil Sidding (tinglado de PVC), ausencia de rejas y techos a dos o más aguas, ya que lo que se buscaba era una onda campestre acorde con lo que era la arquitectura tradicional de la ciudad”.
Acevedo ha seguido viajando a la zona y, en medio de la crisis, asegura que el mercado no ha colapsado sino que sólo se ha ralentizado, con ventas promedio, de tres viviendas al mes, lo que ha generado sobrestock.
Confiado en lo que vendrá, Acevedo destaca la gran cantidad de proyectos en ejecución, en Puerto Varas con viviendas de hasta 6.000 UF y, en Puerto Montt con construcciones masivas de menos de 2000. Aparte, menciona la Ruta del Alerce (alternativa a la 5 Sur) y sus nuevos conjuntos, amén de proyectos en zonas suburbanas como las nuevas construcciones camino al aeropuerto.
Dicen que la crisis del salmón no debiera durar más de tres años. Por lo mismo, no son pocos los que siguen invirtiendo en originales negocios como los Strip Centers, con tiendas anclas que, definitivamente, prometen cambiar el rostro de ciudades como Puerto Varas que, pese a todo, continúan con un crecimiento fácil de admirar en la grandeza de notables hoteles como el Colonos del Sur.
Cierto: salmoneros hay menos, pero nadie duda que van a volver. Sergio Galilea, intendente de la región, señaló que lo bueno de esta crisis, la peor en 100 años, es que significa “una oportunidad para mejorar en todos los aspectos”. Una nueva chance para todos. Para los de Salmon Hill y también para los del pueblo.
Por Sergio Paz, desde Puerto Montt
Sergio Paz es colaborador de PODER Internacional.
FUENTE
http://www.poder360.com/article_detail.php?id_article=1760