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19.09.10

La nación chilena, ese invento (Carlos Peña)

Categorías: Bicentenario

Al revés de lo que nos gusta creer -y como saben los historiadores y los sociólogos- la Nación, cuyo Bicentenario hoy día celebramos, es hasta cierto punto un producto de la política. Una exitosa forma de cohesión social impulsada por las élites e impuesta a veces por la fuerza.

La Nación constituye un fenómeno de integración cultural entre personas provenientes de diversas formas de vida (nos lo recuerdan hoy día los mapuches), que se realiza mediante la propaganda de las agencias estatales y mediante la reelaboración crítica y reflexiva de la memoria.


Como sugirió Góngora -y enseñan los estudios acerca de la conciencia nacional moderna-, en el caso de nuestro país el Estado antecedió a la existencia de la Nación. La Nación chilena es un proyecto de las élites que tuvo por objeto crear un público leal al Estado: un conjunto de sujetos, despegados de sus creencias más tradicionales que adscriben, en cambio, a una comunidad universal que se expresa mediante la razón. Por supuesto, los medios para configurar la Nación fueron, en el caso de Chile, de muy variada índole, y fueron desde el uso de medios propagandísticos (como los rituales republicanos) y la escuela (hubo escuelas indígenas en Chile) hasta el uso de medios directamente coactivos que privaron a las formas de vida particulares de cualquier asiento territorial o productivo (es el caso de la guerra de La Araucanía llevada a cabo con los excedentes de violencia que dejó la contienda del Pacífico).

El éxito en la conformación de esa conciencia nacional permitió la temprana consolidación del Estado en Chile y la también temprana racionalización de la vida cívica tal como se expresa en la codificación, en la administración pública, en las generaciones intelectuales surgidas al amparo de la Universidad, y, por supuesto, en la historiografía.

Ese éxito significó, sin embargo, y al mismo tiempo, el fracaso y la delicuescencia de otras formas de vida que, aplastadas por el proyecto nacional, subsistieron apenas en los residuos de la memoria y en la esfera de lo privado.

Esas otras formas de vida son las que reaparecen hoy en los reclamos de rapa nuis, mapuches y otras etnias originarias.

Las demandas de esos pueblos representan un renacer de las pertenencias culturales más inmediatas, que fueron ahogadas por la extensión de la conciencia nacional llevada a cabo por el Estado del XIX mediante el uso de la fuerza y el empleo de variados medios propagandísticos e ideológicos.

El fenómeno no sólo tiene una dimensión normativa -el reclamo de justicia que le subyace-, sino que también expresa los cambios que, en nuestro país, indujeron la expansión del mercado y la modernización.

Y es que las instituciones donde se elaboraba el sentido de cohesión y de pertenencia han ido cambiando de manera más o menos imperceptible. Los ritos republicanos han sido sustituídos por la intimidad a distancia que la televisión hace posible; la escuela, allí donde existe, ha sido erigida en la continuación del hogar y de las preferencias y la renta familiares; la universidad se transforma progresivamente en una industria del capital humano donde los conceptos clave son los subsidios a la demanda y las tasas de retorno; la noción de patria está siendo desplazada poco a poco por múltiples formas de pertenencia y lealtad, desde el género, la etnia o la pertenencia cosmopolita; las ciudades se transforman en una suma de espacios privados donde los espacios públicos dejan su lugar a las vías de tránsito o de paso al hogar; y la única experiencia común, esa en la que todos por un momento compartimos, es la televisión abierta.

Todos esos fenómenos ensanchan la autonomía y hacen la vida más libre, no cabe ninguna duda; pero, con todas sus ventajas, desafían las viejas formas de integración.

¿Qué hacer entonces?

No se trata, por supuesto, de volver al viejo proyecto de las élites del diecinueve -la Nación como una comunidad homogénea, provista de una sola memoria alisada por la historiografía-, sino de ser capaces de elaborar un proyecto nacional plural, capaz de acoger en su seno a individuos con identidades múltiples que, así y todo, son capaces de reconocerse como iguales.

Se trata en suma de recordar que la Nación es un invento y que cada cierto tiempo una generación -¿por qué no la del Bicentenario?- puede imaginar la suya.

 

[Título original: "La Nación, ese invento"  . Peña, en rigor, en su artículo se refiere a la "nación" chilena]

FUENTE

El Mercurio 19/09/2010

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