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02.01.11

Ximena Ossandón (Carlos Peña )

Categorías: Carlos Peña

Profirió desatinos, entronizó vírgenes en oficinas estatales y culpó al demonio de un delito; pero nada le fue reprochado ni por el gobierno, ni por su partido. Y es que en la vida pública la vara está en el suelo. 

La fugaz carrera de Ximena Ossandón muestra, una vez más, los débiles estándares de la vida pública en Chile.
Antes de desdeñar su renta -es "apenas reguleque", dijo- había hecho cosas peores.


Apenas llegar insinuó que la extensión horaria de los jardines que estaban bajo su cuidado podía alentar que las madres prefirieran "salir a tomar" antes que cuidar a sus hijos. Es difícil imaginar una declaración peor de quien conducía una parte importante de las políticas de la primera infancia. Esas políticas tienen por objeto, aquí y en el mundo, aumentar la igualdad de oportunidades a los niños y favorecer la entrada de las mujeres al mundo laboral, una de las estrategias más eficientes para superar la desigualdad y la pobreza.

Pero la vicepresidenta de la Junji pensaba que las políticas que ella debía ejecutar en vez de favorecer la igualdad, estimulaban que las mujeres abandonaran, de mala forma además, su rol de imitadoras de María: custodias del hogar y criadoras de hijos.

Como si esas declaraciones fueran pocas, todavía hizo traer una gigantesca imagen de la Virgen María a la que entronizó, como ejemplo de vida y símbolo de custodia, a la entrada de la Junji. La Junji es, por supuesto, un organismo público, parte de un estado laico, religiosamente neutro, que se financia con cargo a rentas generales. Pero a su directora (y a su hermano, el vicepresidente de RN que con la misma inocencia intelectual esgrime sus creencias para no distribuir la píldora) eso le parecía un detalle desdeñable, indigno de considerar. Para ella la oficina pública era nada más que una extensión de su hogar y de sus creencias. ¿Que el deber del Estado del que ella, como funcionaria, formaba parte y representaba, era tratar con igual respeto y consideración a todas las creencias sin favorecer a ninguna en particular? A la directora ese dato le parecía prescindible. ¿Acaso, parecía pensar ella, hay alguna diferencia entre las creencias que uno cultiva en el hogar y los deberes de un cargo público?

Mientras la Virgen permanecía incólume y pétrea a la entrada de la Junji y la directora seguía mirando con desconfianza a las mujeres que dejaban sus hijos en los jardines que le correspondía administrar -todas eran sospechosas de traicionar su deber de imitadoras de María- se oyeron las acusaciones a Karadima. ¿Acaso la directora encontró en ellas motivo de alarma cívica? En absoluto. El cura no era un abusador. Era una víctima. Sólo que no una víctima de otros seres humanos sino ¡del demonio! Una víctima, sugirió, que en vez de dañar a la Iglesia, la servía de la manera más terrible de todas: dejándose crucificar por la tentación. En suma, Karadima -acusado de abusar de la confianza que jóvenes creyentes depositaban en él- no habría tenido una conducta despreciable. Era un prócer de la Iglesia, un vehículo de la fe que, por amor a Dios, insinuó la entonces directora, se vio obligado a servirlo por el peor camino de todos, el más incomprendido: erigirse en un instrumento del demonio.

Todos esos hechos parecen un exceso de la imaginación. Pero no. Son una rigurosa descripción de la conducta que mantuvo, durante meses, una funcionaria del Estado de Chile.

Y si ya es sorprendente que haya podido hacer todo eso sin siquiera sonrojarse, es más sorprendente todavía que nadie en el Estado o en Renovación Nacional dijera nada. Como si proferir desatinos, poner efigies religiosas en oficinas estatales y, sirviéndose de un cargo público, defender lo indefendible, no violara las reglas y fuera, en cambio, digno de respeto intelectual o político.

Sólo un tweet -lo más inocuo de todo lo que imaginó, dijo e hizo Ximena Ossandón durante su corta vida pública- permitió que, por fin, se la obligara a renunciar y dejara así de sonrojar a todo el mundo.

Ossandón estará, sin duda, orgullosa. Pensará que lo que le acaba de ocurrir no es resultado de su torpeza cívica, sino una nueva artimaña del demonio que, con cachos, cola y tridente, se las arregló para tomar venganza de ella y de su empeño por promover, a pesar de todas las incomprensiones, la fe.

 

EL MERCURIO domingo 2-01-2011

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