Wide Blog Theme

07.03.10

Los daños morales de un cataclismo social

Perturbadoras consecuencias de un sismo que dejó a la vista profundas grietas en la identidad nacional. Violencia y pillaje se impusieron entre una población aterrada. A una semana de la catástrofe, analizamos el trauma menos esperado de todos: la caída del mito ciudadano.

Todavía no se asentaba el polvo del derrumbe ni el mar volvía a su sitio cuando llegó el segundo remezón. Uno que puso en tela de juicio la imagen que Chile tenía de Chile. De entre la oscuridad, los escombros y la desesperación emergió lo más primitivo del ser humano y, en el espejo de los medios, nos encontramos con una escena de pesadilla: el vecino, tan parecido a nosotros mismos, convertido súbitamente en depredador. Todos contra todos parecía ser la consigna y cundió el pánico en Concepción, Talca, y luego en barrios de Santiago. Pero, ¿basta un desastre natural, por grave que éste sea, para trocar en minutos a gente común y a ciudadanos más o menos normales en una turba de saqueadores violentos y resentidos? ¿Hasta qué punto el instinto de conservación justifica que tantos corrieran a los supermercados y a las bombas de bencina a acabar con el stock sin que importara un comino lo que le pasaba al de al lado? ¿Hasta qué punto el instinto de conservación individual explica el total desprecio por el bien colectivo que campeó tras el sismo? ¿Cuándo se impuso la ley de la selva? ¿Después del terremoto o el fenómeno venía de antes?

Luego de que la autoridad retomara el control de las zonas afectadas, intentamos llegar a la raíz de un comportamiento que desnudó profundas grietas en la base de la convivencia nacional.

Naturaleza humana

A juicio de la sicóloga de la Universidad Diego Portales, Verónica Gómez, hay una base “natural” instintiva en lo ocurrido. “Una situación límite como el terremoto genera una alarma biológica. El organismo interpreta la amenaza externa que recibe a través del aparato cognitivo (pensamiento) y gatilla una respuesta del sistema simpático (nervioso)”, afirma la profesional. Agrega que el cuerpo genera adrenalina y otras hormonas que producen reacciones fuertes. Gómez explica que, cuando “hay personalidades mal configuradas y/o trastornos graves de personalidad, se gatillan conductas disruptivas y desadaptadas. Allí aparece lo más primitivo del ser humano”. Por eso, dice, “más allá de la lógica de la sobrevivencia, es común que la gente se pelee en situaciones límite como la que vivimos”.

Violencia más o menos explicable que, en Concepción, rápidamente dio paso a un extenso capítulo de vandalismo e irracionalidad. ¿Qué tan biológico era eso? Poco, admite Gómez. Agrega que “la violencia específica contra el comercio y los incendios de locales se explican más como un desquite, como la expresión de un fuerte resentimiento social”, dice la especialista. Una emoción consciente o inconsciente gestada a fuego lento por largo tiempo.

Luego de que el sábado y domingo la televisión repitiera incesantemente imágenes de saqueos y convulsión, uno de los primeros en poner el foco en su origen fue el capellán de Un Techo Para Chile, Felipe Berríos: “Aquí hubo dos terremotos: el natural y el social”, dijo. “Y tal vez se deba a que un sector de la población se ha sentido como fuera del desarrollo del país”. El capellán fue enfático: “Aquí se cayó el estuco social... apareció la decepción y la frustración acumulada y se liberó la amargura”.

Berríos había puesto el dedo en la llaga de la inequidad, iniciando una reflexión más profunda sobre nuestro mito de que Chile es un país solidario: “Estábamos acostumbrados en el país a que siempre, después de una catástrofe, lo que venía era espontáneamente la solidaridad (...) y hemos visto que eso no se ha producido”, lamentó. ¿Su diagnóstico?: “Hemos ido perdiendo el ser ciudadano y nos hemos ido volviendo consumidores, y el consumidor es prepotente, piensa sólo en él primero”.

El sacerdote también increpó a la televisión por limitarse a pontificar contra el pillaje y llamó a los medios a asumir un rol de liderazgo positivo para frenar el caos.

Para entonces, las imágenes del saqueo habían dado la vuelta al mundo y las interpretaciones se sucedían. Aunque no faltó quien criticó a las autoridades por no imponer de inmediato el control militar, otros ponían el foco en los protagonistas del pillaje. Muchos observadores no conseguían entender por qué, casi inmediatamente después del terremoto, y antes de que la necesidad impulsara a ciudadanos supuestamente hambrientos a tomar lo necesario para sobrevivir, hordas descontroladas irrumpieron en supermercados y se tomaron las calles. Esto otro, tenía más visos de estallido social que de mero descontrol atribuible al pánico y la necesidad.

Según el sicólogo social de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Domingo Asún, el fenómeno del estallido social sólo se da cuando hay tensiones latentes bajo un escenario de catástrofe. “Para las víctimas de la región del Maule y Concepción, el terremoto implicó una seguidilla de eventos traumáticos en un lapso breve. El ruido, el desplome de los hogares y de los símbolos, el peligro inminente de muerte y los incendios generaron un agudo sentimiento de estar atrapado”, señala. “Lo anterior, unido al corte de electricidad, estrecha el mundo cognitivo y dispara una reacción similar a la del pánico al interior de una discoteca que se incendia”, afirma. Pero este escenario extremo explica sólo en parte el comportamiento irracional. “Lo que vimos en Chile en esta ocasión tiene, más bien, las características de lo que llamamos un estallido social. Es decir, la violencia está definida por tensiones sociales y raciales. El grupo actúa de acuerdo a estereotipos, con esquemas básicos que condicionan la conducta. El resentimiento se vuelca a las instituciones hacia las que la gente no siente lealtad, porque percibe que se han aprovechado de él en cuanto a consumidor: las multitiendas, las farmacias. Estalla la catarsis colectiva y la ira”, explica.

Enajenación capitalista

En opinión de Asún, los eventos de esta semana “venían precedidos de otros hechos que habíamos estado ignorando por largo tiempo, pero que algunos especialistas ya habían consignado al retratar el individualismo de los chilenos. Esto que se evidenció violentamente tras el terremoto, ya se había manifestado, pero no lo habíamos ponderado. Parecían hechos aislados, pero se estaban sucediendo en fechas históricas como el 11 de septiembre, y después de encuentros de fútbol. Esto ya lo habían advertido cientistas políticos, incluso el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) 2009 que muestra un quiebre de las confianzas y la creación de una ideología y subjetividad individualista. Este informe revela un tejido social basado en intereses particulares y falta de sentimientos comunitarios, declara Asún. Sólo así se explica que, tras el terremoto, se esfumara el respeto a las normas y las instituciones tan rápidamente: “La red social se cayó igual como se cayó el sistema de comunicaciones telefónico, dejándonos a oscuras”.

¿Cuál es su diagnóstico? dice Asún: “Lo que pasó fue un fenómeno de enajenación capitalista”, subraya. “Y a la hora de contener, se evidenció la ausencia de redes sociales que contuvieran las expresiones instintivas. El fracaso en la construcción de la solidaridad es un hecho mayor. Se diluyen las instituciones y salen a relucir las lealtades más básicas: el clan, la familia inmediata. En este escenario, al Estado no le quedó más alternativa que enviar a las Fuerzas Armadas”, afirma.

El sociólogo y Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales Manuel Antonio Garretón también apunta los dardos hacia el modelo económico. Critica la ideología del lucro que se impone a distintos niveles y reprocha que Chile haya adoptado esquemas de desarrollo que producen inequidad. Pero ¿a qué se refieren los analistas? A la hora de ejemplificar la ideología del lucro, los referentes internacionales son numerosos y transversales: comenzando por la crisis financiera mundial generada por la especulación al más alto nivel y sin precedentes. La lógica que se impone parece ser ésta: si Bernard Madoff no se arrugó para embolsarse 50 mil millones de dólares en una suerte de asalto a mano armada global, ¿qué remilgos podrían tener los demás?

Garretón agrega: ”Mi impresión es que en el último tiempo, el modelo de desarrollo chileno no ha sido pensado en términos de lo que somos como realidad geográfica. Debimos pensar en tener más de una ruta que atraviese todo el país, que la capital tenga más de un aeropuerto, y que las regiones contaran con autonomía para responder a la crisis sin que debiera hacerse necesariamente desde el centro”. Necesitamos una estructura distinta.

“En una situación como ésta”, consigna, “la gente queda entregada a reacciones instintivas y animales. Yo digo que no es sólo eso. También, cuando desaparecen normas y parámetros y no funcionan las instituciones, la gente recurre a conductas instintivas, pero también a lo aprendido. Y ¿qué aprendió? Que cada uno se rasca con sus uñas y que cada uno es enemigo del otro. Esto provoca inmediatismo individual. Falla la interacción social y desaparecen los límites”.

“Es evidente que la catástrofe, si bien afecta a todos, afecta mucho más a algunos segmentos. Hay sectores de pobreza y de ubicación geográfica que quedan mucho más vulnerables. En los últimos años se ha exacerbado una visión consumista, de individualismo respecto de los derechos ciudadanos. Un ejemplo que puede parecer atemporal: un país que cambia el voto obligatorio por el voto voluntario, es un país que no le da importancia al hecho de que el acto de votar es un deber ciudadano y no una cuestión de estado de ánimo. Se exacerba el aspecto consumo, la realización personal y los derechos individuales, propiedad privada e iniciativa individual, en desmedro de lo colectivo”, señala.

Pero Garretón subraya que no todo es negativo: “Hay comportamientos altruistas de jóvenes que van a hacer trabajo voluntario. Esto me recuerda la década del sesenta, tras el terremoto de Valdivia, cuando comenzó la gran tradición de los trabajos de verano”, consigna.

Tanto Garretón como Asún manifiestan que es clave aprender de la experiencia de esta semana. “Esta catástrofe genera la posibilidad de repensar el modelo. Pero habrá que reconstruir de otra manera. No basta con restablecer lo que se tenía”, asegura Garretón.

Asún señala que lo sucedido le penará al país por largo tiempo. “El trauma social es enorme: se pierde la sensación de invulnerabilidad y control que teníamos”. Pero advierte que, ante un panorama resquebrajado, se abre la oportunidad de redefinir y recrear el tejido social: “Desafíos políticos son rearticular las organizaciones sociales y el tejido comunitario”. Por último, este trabajo debe ir de la mano de la reconstrucción: “Si no hay organización social arraigada, no hay posibilidad de desplegar una acción humanitaria que resulte en contribución al largo plazo”, destaca.

El sacerdote Berríos lo expresó: “Es así como en los años 60, después del terremoto, descubrimos que nuestras casas tenían una falencia constructiva en un país sísmico y se pusieron normas y estándares de construcción, lo cual permitió soportar relativamente bien este terremoto y tsunami. Yo creo que nosotros tenemos que ver qué es lo que nos ha fallado en nuestra estructura social, en qué fallamos como sociedad, qué pilares de nuestra sociedad necesitan ser reforzados, qué valores necesitan ser construidos de nuevo”, dijo.

En el escenario socioeconómico que se viene, hay una realidad decidora: Chile está entre los 10 países que peor distribuyen la riqueza en el mundo. El terremoto de la madrugada del sábado 27 nos impuso la tarea de examinarnos profundamente, de saber qué haremos como sociedad para enfrentar futuras catástrofes naturales con pilares sociales sólidos. //LND

 

FUENTE

/ La Nación Domingo Por Mariela Vallejos

http://www.lanacion.cl/los-danos-morales-de-un-cataclismo-social/noticias/2010-03-06/193453.html

 

Wide Blog Theme

 

Archivo de prensa - CEPPDI -  www.politicaspublicas.net