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07.03.10

Testimonio del maremoto en Tirúa. 'Creí que nos moriríamos ahí mismo, enterrados'

Camila Valenzuela, joven, santiaguina, licenciada en Literatura, vivió el tsunami en Tirúa, la última caleta de la costa sur de la VIII Región, donde padeció el horror y la dieron por desaparecida. Éste es su relato.

El 1 de febrero, yo y mi pareja, el doctor José Vicente Jara, partimos rumbo a Tirúa, una de las comunas más pobres de Chile ubicada a unos 230 kilómetros al sur de Concepción. Él iba a hacer un reemplazo al consultorio de la zona: recién egresado de Medicina, era su primer trabajo. Yo, por mi parte, iba para acompañarlo en una travesía que jamás imaginamos en lo que terminaría.

El pueblo, con orilla de mar y atravesado por un río, se caracteriza por sus pequeñas casas de maderas y por una población escasa en número, pero generosa en cariño y humildad. No tardaron mucho en incorporarnos. Joana y la Daniza, dos mujeres que con esfuerzo habían recientemente instalado un restaurante; doña Lina y su marido, quienes después de años de trabajo al fin habían logrado enviar a sus hijos mayores a la universidad gracias al supermercado que tenían cercano al puente de Tirúa; Marlene y Joel, una pareja que arrendaba sus cabañas a la orilla del río, una de las cuales estuvimos a sólo segundos de tener si no fuera porque llegamos ese 1 de febrero, y no un día antes. Una cabaña que con el paso de los días se desvanecería frente a nuestros ojos.

Dormíamos cuando todo comenzó. Eran las 3.30 de la mañana y, de pronto, la casa de madera se empezó a mover como si estuviésemos dentro de una licuadora. Vicente saltó a protegerme porque pensamos que se caería el techo sobre nosotros. Los vidrios tronaban, los muebles se caían, la loza se rompía. Era un ruido verdaderamente ensordecedor. Creí que nos moriríamos ahí mismo, enterrados.

Se detuvo un segundo, y entonces le grité a Vicente: ¡Salgamos de aquí, se va a salir el mar! Nos pusimos rápidamente los zapatos, sin calcetines ni nada que nos llevara mucho tiempo, cogimos algo de abrigo y partimos a la zona más alta del pueblo que colindaba con un bosque. Tranquilos y organizados, el resto de la gente hacía lo mismo. Luego, una hora después, vino lo peor...

Sentimos el sonido de un enorme camión que llevaba piedras y que andaba a mil kilómetros por hora arrasando con todo: era el mar. Tres grandes olas chocaron contra la península de Tirúa y luego rebotaron hacia el pueblo, llevándose gran parte de él. Si esas olas hubiesen ido directo hacia al pueblo, y no hacia la puntilla, no estarían leyendo esto ahora.

Hacía muchísimo frío, estaba oscuro y la neblina tapaba cualquier posibilidad de ver más allá, por lo que no sabíamos cuán cerca estaba el mar de nosotros, ni tampoco si nos alcanzaría hasta donde estábamos. Hicimos dos grandes fogones y nos reunimos en torno a ellos para matar el frío que calaba los huesos, y el miedo. Sobre todo el miedo. Cuando llegó el día, logramos advertir el verdadero peso de los daños ocasionados por esta herida que atraviesa a Chile: el tsunami había arrasado con la mitad del pueblo; cientos de personas se quedaron sin siquiera una tabla de madera servible. El mar alcanzó el consultorio, por lo que tuvieron que trasladar lo que podían a la parte más alta del pueblo y atender ahí a los heridos. El alimento, la ropa e incluso las portadas en diferentes medios de comunicación que entregaran alguna referencia sobre la comuna surgirían días después. Pero los primeros cuatro días, cuando el dolor se lo había comido todo, sólo el desamparo escuchaba a Tirúa.

No había luz, agua, baños, ni comunicación alguna para hablar con nuestras familias en Santiago. Para ellos, nosotros estábamos desaparecidos. Aparecimos en TVN, se armaron grupos de búsqueda en Facebook y Twitter. Doctores de las facultad de Vicente tocaron la puerta de su casa porque era el único de su generación sin dar señales de vida. El doctor Alejandro Molina, compañero y amigo de Vicente, llegaría el martes con la intención de buscarnos entre los millones de escombros que asolaban al pueblo. Pero ahí estábamos: vivos. Partimos a Temuco y yo pude volver a la capital luego de dieciocho horas dentro de un bus. Vicente regresó a Tirúa en su labor de médico: "Me quedo hasta que llegue ayuda", me aseguró lleno de valentía y solidaridad por un pueblo del cual ya somos parte.

Llegué a Santiago a afirmarles a nuestras familias que estamos bien. No obstante, antes de partir, la gente del pueblo me pidió que contara esta historia (la de ellos y la mía) para que todo Chile se entere de que Tirúa existe y que ahora más que nunca necesita de nuestra ayuda.

FUENTE

http://diario.elmercurio.com/2010/03/07/reportajes/reportajes/noticias/AB0C4F84-8A55-46DB-8768-521C39E83F87.htm?id={AB0C4F84-8A55-46DB-8768-521C39E83F87}

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