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15.03.10

Bachelet cargará con la culpa de abandonarnos, con el mezquino fin de resguadar su capital político (Chistian Leal)

Categories: Testimonios

"Siendo de izquierda, puedo decir responsablemente que el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet cargará por siempre con la culpa de abandonarnos en la necesidad, con el mezquino fin de resguardar su capital político. Es algo que muchos penquistas jamás olvidaremos".

A poco más de una semana del terremoto, resulta casi imposible pensar en una forma de contarles cómo mi vida y la de todos quienes me rodean ha cambiado de forma irreversible.

Mi ciudad está devastada. No hay cuadra en la que no se haya derrumbado una construcción, una fachada o cuando menos esté salpicada de escombros que cayeron desde las cornisas y ventanas. La mitad de los vecindarios continúan a oscuras y sólo algunos han recuperado el agua potable. Del gas, ni hablar.

El supermercado o el restaurante chino donde a diario comprábamos el almuerzo ya no existen. Los que resistieron fueron arrasados por los saqueadores, quienes no sólo acabaron con lo que el sismo dejó en pie, sino también con el poco temple que a la gente le quedó tras aquella madrugada de terror.

Al menos 6 edificios de altura respetable amenazan con venirse abajo en la proxima réplica. El flamante Alto Río no tuvo tanta suerte: se partió en dos y sus fauces de concreto atraparon a casi un centenar de personas que dormían junto a sus familias. El cuerpo de una de ellas todavía no es encontrado.

Sobre el río Bío-Bío y descontando el ferroviario, sólo 1 de los 3 viaductos que lo cruzaban sigue en pie, aunque con daños y con una sola de sus cuatro pistas habilitada mediante el apoyo de un puente mecano. Cruzar la frontera de Arauco volvió a ser algo tan engorroso como en tiempos de la colonia.

Así y todo creo que en Concepción la sacamos barata. Nuestro puerto hermano, Talcahuano, quedó inutilizado, donde el maremoto inundó poblaciones enteras e incluso arrojó barcos en las calles, como una feroz advertencia de que en este mundo es la naturaleza la que manda.

En Lebu, el amplio río que dio trabajo durante siglos a los pescadores se secó. La casa de Violeta Parra en San Carlos y de Arturo Prat en Ninhue sufrieron daños rayanos en la demolición. La Intendencia -otrora estación de trenes- no tiene vuelta y se estudia si es posible rescatar el mural de Gregorio de la Fuente que ilustra nuestra historia.

Dichato, Llico y otras bellas localidades costeras fueron barridas del mapa.

Muchas personas -incluyendo la hermana de una querida amiga- murieron. Algunas cayeron bajo los escombros. Otras, arrastradas por el mar. Quizá nunca sepamos con exactitud cuántas.

Pero frente a tanta destrucción, frente a un cambio del eje de mi mundo del que no era necesario que la NASA me alertara, mi corazón se apaña en una extraña mezcla de sentimientos.

Por un lado siento un dolor enorme por las pérdidas. Por ver los mismos lugares que acompañaron mi infancia arrumbados, acordonados y resguardados por militares. Por lidiar cada día con la angustia de cientos de personas que llegan hasta nosotros para decirnos que no tienen comida, agua ni medicamentos, o que aún no conocen el paradero de algún familiar.

Por otro, siento una rabia enorme. Porque día a día, afloran cada vez más evidencias de que esta tragedia tuvo muertes y daños innecesarios, evitables, si sólo se hubiera actuado con previsión, con rapidez o tan siquiera con competencia.

Siendo de izquierda, puedo decir responsablemente que el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet cargará por siempre con la culpa de abandonarnos en la necesidad, con el mezquino fin de resguardar su capital político. Es algo que muchos penquistas jamás olvidaremos.

(Pero ya llegará el momento de ahondar en ello).

Porque por sobre todas las cosas, siento un orgullo y un agradecimiento enorme. Un cariño como nunca lo sentí por Bomberos, por Carabineros, por los funcionarios de la PDI y por las Fuerzas Armadas, muchos de los cuales pasaron hasta 3 días sin dormir, sin ver (o incluso saber) de sus familias, en resguardo de la salud y la seguridad de la gente.

Curiosamente, tuvieron que pasar 37 años para que tener nuevamente al Ejército en las calles diera fin al estigma de las Fuerzas Armadas y los convirtiera -para nosotros- en un símbolo de esperanza.

Un agradecimiento impagable por quienes nos han enviado su ayuda. Por los camiones que llegaron desde Atacama a Tomé, o desde Punta Arenas a Coronel y Lota. Por las ambulancias del SAMU de Puerto Montt que recorrieron nuestras calles o por el regimiento de Osorno que recuperó el control de Arauco. Para ellos simplemente… gracias.

Y claro, la mayor admiración es por mis colegas. Por quienes lo dejaron todo para estar ahí, comunicando a la gente o dándoles una palabra de tranquilidad. Por quienes se mantuvieron frente a los micrófonos pese a haber perdido sus casas, a no haber dormido o a desconocer el paradero de sus hijos. Quienes lograron lo que la autoridad no pudo: decir con firmeza que saldremos adelante.

Los finales son un nuevo inicio. Concepción volverá a ponerse en pie.

 

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