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04.04.10

Elogio de los impuestos (Por Ernesto Ottone)

Categories: Opiniones, Impuestos

Es cierto que a primera vista parece absurdo hacer el elogio de algo que a nadie le gusta pagar; incluso, para los espíritus más ciudadanos se trata de un ácido deber y no de un gustoso placer. Todos y cada uno en el momento de pagarlos, sentimos que se nos quita algo, y resulta difícil consolarnos con la idea del bien público y la solidaridad distributiva para contrarrestar una cierta sensación de despojo.


¡Por algo se llaman impuestos y no voluntarios! La palabra viene del latín impositus, y significa gravamen obligatorio, pero los impuestos son parte inseparable de la existencia de una sociedad organizada, del financiamiento de bienes públicos, como el orden, la seguridad y la justicia.

En la sociedad contemporánea son también parte decisiva de la cohesión social y del aseguramiento de niveles mínimos de bienestar para todos los ciudadanos.

Naturalmente, los impuestos deben tener una relación con el nivel de riqueza de una sociedad y no pueden transformarse en un agobio ilegítimo o en un obstáculo para que las economías florezcan a través del ahorro, la inversión y el espíritu de emprendimiento.

Una cierta visión con más ideología e intereses a defender que solidez argumental, considera que mientras menos impuestos existan, la sociedad funcionará mejor, y que el simple crecimiento, finalmente, proveerá para todo y para todos. Quienes así piensan, sostienen —con grave seguridad— que los impuestos atentan necesariamente contra la competitividad de un país en un mundo globalizado.

Sin embargo, ello no es así. Dinamarca, Noruega, Nueva Zelandia, Australia, Canadá, Suecia y Finlandia —que tienen los niveles de impuestos a la renta más altos del mundo como porcentaje del PIB— son altamente competitivos y prósperos, y tienen —por añadidura— mucho más bajos niveles de desigualdad social que los países de América Latina y también de Chile. Éstos tienen, a su vez, niveles mucho menores de presión tributaria en porcentaje del PIB y menos aún de impuestos a la renta.

Cuando se mide la desigualdad social existente en los países de la OCDE antes y después de considerar los impuestos y transferencias, ésta desciende siete veces más de lo que sucede en América Latina a través del mismo procedimiento. Es decir, los países más competitivos y menos desiguales tienen una carga impositiva relativa mucho mayor que los nuestros, una relación más justa entre impuestos directos e indirectos, y mayor capacidad de control de la evasión de impuesto.

Como es lógico, no todas las virtudes de esos países se deben atribuir a los impuestos; su éxito se debe a un conjunto de factores políticos y económicos: capacidad de innovación, altos niveles de productividad e inversión en capacidades humanas, pero todo ello sustentado en una fiscalidad progresiva que ha alcanzado altos grados de legitimidad social por sus resultados.

Chile tiene un potencial de presión tributaria mayor que su nivel actual de tributación; sobre todo, en las grandes empresas, tanto en la gran minería como fuera de ella. Se puede —en consecuencia— producir un aumento moderado de tributación sin perjudicar la inversión interna y externa y sin poner en cuestión la seguridad jurídica. Es perfectamente posible conjugar todos estos elementos sin dañar el crecimiento y acortando las actuales brechas de desigualdad.

El terremoto que hemos vivido requiere de muchos recursos para la reconstrucción. Ha sido el terremoto más destructivo que hemos vivido, pero nos sorprendió saliendo de la crisis con una economía sana, ahorros y credibilidad internacional.

El actual Gobierno tiene una tarea enorme, con la cual todos debemos contribuir, y deberá buscar recursos que se complementen y no se sustituyan. Al mismo tiempo, tiene la enorme oportunidad de hacer de la reconstrucción un factor de disminución de la brecha de desigualdad, de asegurar en esta tarea un fuerte emprendimiento justamente retribuido, pero que no vea en la catástrofe sólo una oportunidad de multiplicar beneficios a costa de bienes públicos.

Es la oportunidad de plantearse un pacto fiscal que vaya más allá de la emergencia y la reconstrucción, que permanezca en el tiempo y haga realidad la promesa de mayor igualdad que hicieron todos los candidatos a la Presidencia de la República, incluido el Presidente Piñera.

Ernesto Ottone
Director Cátedra Globalización y Democracia
Universidad Diego Portales

FUENTE

El Mercurio 2/04/2010

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