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04.04.10

TALCA- El drama de pasar de vivir en una casona de 14 dormitorios a la indigencia

Categories: Testimonios

Rocío Vidal (24), una estudiante de Obstetricia de Talca, narra cómo su familia, que habitó toda su vida en la casa de adobe que sus abuelos compraron hace más de 50 años, ahora sobrevive en improvisadas carpas instaladas en la calle. Junto a los restos de la vivienda destruida por el terremoto, reciben la ayuda de vecinos.

 

 


"Las fiestas de Año Nuevo en mi casa eran inolvidables. Cuando vivía mi abuela, todos nos vestíamos de gala, y como la familia era grande y venían muchos amigos, la casa se llenaba de gente y alegría. Ella falleció hace 14 años y desde entonces las fiestas nunca volvieron a ser lo mismo, mi abuela era el alma de la fiesta y disfrutaba mucho viendo su casa repleta de gente feliz.


Mi abuela, María Magdalena Alarcón, llegó con mi abuelo desde Chillán y compró esta casona de adobe a sólo cuatro cuadras del centro de Talca. Ambos eran comerciantes y tenían un local de ropa en el Persa, pero, además, como la casa tenía 14 habitaciones, más un departamento interior, arrendaban piezas.


Mi madre, María Magdalena Rodríguez, tenía tres años cuando llegó a Talca y ha pasado 56 años en esta casa. Ella era la única hija y a los 21 años se casó con mi papá, Jorge Vidal, que entonces era maquinista ferroviario. Juntos decidieron formar su propia familia en esta misma casa y así nacieron mis hermanas, Patricia, Paulina, Magdalena y yo, que soy Rocío, la menor de las cuatro. La cuarta generación la componen mis tres sobrinos de 11, 12 y dos años, quienes también han crecido en la misma casa de la abuela.


Fue una infancia muy bella la que vivimos aquí, era mi abuela la que jugaba con nosotras a las muñecas tardes enteras bajo el corredor. Cuando fallecieron los abuelos, sufrimos mucho, pero yo siempre siento su compañía. En mi pieza murió el "Pelao", mi abuelito, y yo siento su presencia, creo que él me cuida. Siento que fue él quien me protegió la noche del terremoto.


Mis papás estaban con visitas y por eso dejaron la puerta de entrada abierta. Yo estaba acostada escribiendo en mi Notebook y cuando empezó el terremoto no pude salir de mi cama. Tampoco pensé en arrancar, porque siempre me dijeron que la casa era segura, ya que los muros de adobe eran muy gruesos. Pero llegó mi hermana Magdalena y me sacó, ambas nos pusimos debajo del umbral de la puerta y gracias a la luz del computador veíamos que caía mucho adobe a nuestros pies. El resto de mi familia y los 15 arrendatarios que estaban en ese momento en la casa corrieron al corredor, que es la parte más segura. Todos salvamos con vida, pero ahora no sabemos qué será de nuestro futuro.


Cuando terminó el terremoto, salimos a la calle gracias a que la puerta principal quedó abierta, porque la casa se sentó sobre sus cimientos. Al ver cómo había quedado, entré en pánico y recuerdo que me pegaron tres veces en la cara para calmarme. Lo que habíamos vivido era horrible, pero lo que se nos vino después fue aún más duro.


Un amigo que llegó más tarde a vernos se atrevió a entrar y sacó ropa y frazadas para esperar que amaneciera. La noche se nos hizo eterna, pero al llegar el día fue peor, pues recién comenzamos a dimensionar el daño. Para soportar la segunda noche sacamos algunos colchones y los tiramos en la vereda. Así dormimos con mis papás, hermanas, tres sobrinos y una arrendataria... al aire libre. Al día siguiente otro amigo nos trajo un toldo, luego un caballero que pasó en auto nos ofreció una carpa. Se fueron sumando otros amigos que nos trajeron otras carpas y aquí estamos viviendo en la calle hace un mes, con toda mi familia y una arrendataria que todavía sigue con nosotros.


A los pocos días vino una retroexcavadora y demolió el frontis, entonces pudimos sacar algunos muebles y un frigobar. Una vecina nos presta luz y cocinamos en el gimnasio que está al frente. El "tío John", que es amigo de mi papá, viene todas las mañanas a dejarnos pan calientito y leche para los niños. Una amiga me viene a buscar para que vaya a su casa y me pueda bañar con agua caliente. El resto del día lo pasamos masticando la tierra y en la noche hacemos fogatas para que pase más rápido el tiempo.


Mis sobrinos van a casa de sus amigos, pero al volver me preguntan por qué sus compañeros tienen una vida normal y ellos, en cambio, tienen que vivir en la calle. Se me aprieta el pecho y no sé qué decirles, porque yo tampoco entiendo bien por qué en sólo tres minutos quedamos en la calle y sin saber qué hacer. Sólo sé que no somos nada, ni nadie.


Queremos reconstruir nuestra casa, pero será difícil. Nuestro principal ingreso eran los arriendos, ahora sólo contamos con la jubilación de mi papá y lo que aportan dos de mis hermanas que siguen trabajando. Yo congelé mis estudios de Obstetricia el año pasado y ahora estoy buscando trabajo.


Estamos esperando una mediagua, pero si llega no sabemos dónde ponerla, porque tampoco sabemos si nos van a demoler lo que nos quedó de la casa. No sabemos cuánto tiempo más podremos soportar viviendo en la calle".


 


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