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04.04.10

Testimonio del tsunami en Isla Juan Fernandez. Ilka Paulentz, (65 años) capeando olas de 20 metros

AVENIDA LA OLA s/n

LA OTRA VOZ.  Después del foto reportaje que hicimos sobre la destrucción, esperanzas y reconstrucción  a un mes del tsunami en la isla Robinson Crusoe del Archipiélago Juan Fernández, esta vez les contamos la historia de una sobreviviente llamada Ilka Paulentz, una oriunda de Valparaíso de 65 años, que un 10 de enero de 1966 llegó a la isla y se quedó para siempre.

En 1992 construyó su hostal “Cabaña Paulentz”, en la avenida Ignacio Carrera Pinto frente a la costa en el pueblo San Juan Bautista. Hoy nada existe, sólo hay rumas de palos y fierros. “Ahora es la avenida La Ola sin número”, bromea la isleña adoptada, sobre el cruel destino que la dejó con una foto, un acordeón y un bote.

Aquí, su relato de aquella terrible noche del 27 de febrero.

[Foto Ilka y su época de buceadora]

“Me dedico, o sea me dedicaba más bien hasta aquella noche, al turismo. Tenía un hostal en el borde costero que se llamaba ‘Cabaña Paulentz’. Desde ahí también llevaba a los turistas en mi embarcación a bucear, a nadar con los lobos, a visitar lugares de interés, yo era la instructora y también ‘gobernaba’ mi bote que es El Galileo.

Esa noche, parecía ser una noche calma, tranquila, nadie jamás se imaginó que iba a suceder algo parecido. Ahora sólo agradezco que afortunadamente no tuviera a ningún turista alojando conmigo.

Estaba durmiendo. Más encima me había tomado una pastilla, entonces estaba más dormida que de costumbre. No escuché nada. Dicen que tembló, que ‘terremoteó’, que primero llegó una ola y que al principio fue suavecito. Yo no sentí nada de eso. Sólo que a mí la casa se me desfondó. Desperté rodando. Me estaba ahogando y era terrible porque más encima estaba todo oscuro.

Tenía la casa llena de agua y sentí cómo reventaron las cañerías del gas, el calefont y un extintor. Todo eso se sumaba y yo seguía sin entender qué pasaba. Cuando el agua ya llegaba hasta el techo, alcancé a respirar por una camarita chica de aire, desde ahí, fue aferrarse a la fe. ‘Dios mío ayúdame. Sálvame’, me repetía una y otra vez.

De repente atiné y empecé a bucear porque ya no me quedaba más aire. Empecé a bucear a ciegas dentro de la casa buscando alguna salida. A todo esto, ya estaba un poco aplastada por los paneles y el techo que se habían venido encima. Sentía como que la casa estuviese al revés. Hasta que de repente, algo reventó. Era una ventana. Eso fue cuando ya estaba retirándose la primera ola. Y con ese flujo salí yo. Salí al mar.

TODO ES ESCOMBRO

Estaba en la playa. Parada en el fango, que a esa altura ya no era arena. El agua ya se había retirado, y toda la bahía estaba seca. No alcancé ni a respirar cuando de repente miro, y veo una cosa negra que se elevaba. Era un como una montaña inmensa. Era una ola de 20 metros de altura que se me venía encima. No sé cómo, pero atiné a capearla. Me metí debajo de la ola, pero después no podía aflorar. Era tan densa la cantidad de escombros que había y con lo poco de ropa que me quedaba, se me enganchaban los clavos y los palos, lo que no me dejaba aflorar. Me estaba ahogando, hasta que por fin, en lo último de aire que me quedaba alcancé a llegar arriba para respirar.

Ahí empezó el otro pánico. Porque no sabía dónde estaba y porque las cosas se te venían encima. Estaba en el medio del mar, tubos de gas, tambores, palos, volaban hacia mí, porque el mar era como un remolino. Todo se revolvía. No sabía adónde ir. Era de noche, todo estaba oscuro, cuando de repente veo una balsa de emergencia que había quedado de una lancha. Tenía una lucecita, de esas de salvataje de alta mar. Eso me guió. Y empecé a tratar de llegar hacia esa balsa hasta que finalmente me subí. Estaba pinchada, pero al menos me sirvió para tratar de respirar de nuevo. Y en eso estaba cuando vi que venía un bote. Pensé: ‘que bueno, vienen a salvarnos’, jurando que había pasado todo.

CUATRO HORAS EN EL INFIERNO

Nada. Venía otra ola que había reventado las amarras de todos los botes de la bahía. Entonces los botes andaban locos. Venían rajados. Eran como misiles que reventaban unos con otros, haciéndose pebre. Lo peor era que una vez que llegaban a la orilla, volvían, como una coctelera que giraba y giraba.

Aquí me mata un bote’, pensé y en eso veo que aparece un kayak al que me subí. Traté de salir de los escombros, pero estaba atascada. ¿Cómo iba a salir de ahí? Si todo era escombros y menos tenía remos… así quedé más expuesta, y ese fue otro pánico más, porque los botes locos iban y venían.

En eso veo que viene una tremenda casa en contra mía. Y yo en el kayak. ‘Esta casa me va a atropellar y me va a hundir’, pensé. Otro pánico. Pero afortunadamente, la casa tenía un alero largo y yo alcancé a ponerme debajo de éste con el kayak. Así me cubrí un poco y en cuanto pude, subí arriba del techo.

Estuve cuatro horas en el agua. La gritadera era infernal. Y yo sola, porque no sentía a nadie más a mí alrededor, hasta que sentí que llegó un bote con una linternita. Sólo atiné a gritarle y ahí el chico que venía gobernando el bote me ayuda a subirme y me dice, “bienvenida a El Galileo”.

EL GALILEO

Era mi bote, el Galileo. Y era el único que andaba rescatando a la gente. Ya cuando comenzó a aclararse, vi que la capa de escombros era como de 100 metros. Y muy densa, llena de palos, y cosas que prefiero no acordarme.

Terminé herida. Tenía la cara hinchada porque con algo me saqué un pedazo de la nariz. En la pierna tenía un tajo enorme. No me había dado cuenta todas las heridas que tenía, hasta el día después. En mi pierna izquierda tenía un hoyo que llegó hasta el hueso. Menos mal que ya cicatrizó, porque estuvo infectado. Y para qué te digo de rasguños. Tenía en todas partes, en las costillas, en la espalda. Estaba machucada por todos lados.

Digamos que de la gente mayor que cayó al mar, fui la única que se salvó. Tengo 65. A mi me ayudó el hecho de estar muy activa. Salgo en bicicleta, ando en bote, buceo.

Ahora estoy de allegada en la casa de una amiga. De a poco he ido enfrentándome a mi realidad. Es fuerte. No tengo carnet, no tengo casa, no tengo nada de nada. Sólo tengo una foto, un acordeón y mi bote.  Pero aquí estamos, tratando de sobrevivir para empezar de nuevo.

De la isla ya no me voy. Estas cosas son naturales. Estos desastres son cíclicos. La naturaleza es así, aparte que nosotros somos los tontitos que elegimos vivir arriba de un cráter que está en medio del océano, y más encima a la orilla del mar.

Igual no te voy a mentir, a estas alturas de la vida, cuesta un poco más comenzar de nuevo. Yo ya pensaba en dejar el negocio y comenzar a disfrutar de todo. Pero igual tengo ganas. Me gusta la vida, me gusta moverme. Soy activa entonces no me achaco. Todavía tengo todas mis manos, todas mis piernas como para volver a comenzar”.

 

 

PUBLICADO EN "LA OTRA VOZ"

FUENTE

http://www.laotravoz.cl/?p=4649

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