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25.04.10

Un sabroso gato por liebre ( por Jorge Navarrete)

" El tan cacareado aumento impositivo a las grandes empresas no sólo se atenuará significativamente por la posibilidad de que éstas sigan haciendo reingeniería tributaria y contable, sino también -permítanme recordarlo, ya que nadie habla de esto- por una serie de otras rebajas tributarias anunciadas en forma paralela."


Desde diversos sectores, saberes y trincheras ideológicas, nadie ha querido estar ausente del debate sobre los impuestos. Se elogia al Presidente por su audacia -la que aparentemente colisionó con el sentir de buena parte de quienes lo apoyan-, se destaca la generosidad de la oposición, cuyas diferencias sólo se limitan a la extensión de las cargas y todo pareciera indicar que hay ya un acuerdo sustantivo entre los parlamentarios de la Coalición por el Cambio y la Concertación en esta materia.

Sin embargo, y aunque parezca políticamente poco correcto disentir en estas horas, me parece que lo que subyace a las recientes medidas no es mucho más que un esfuerzo comunicacional, cuyo trasfondo nada tiene que ver con la discusión -que tan apasionadamente se verificó en la campaña electoral- en torno a la necesidad de hacer más equitativa la carga tributaria en nuestro país. Por ende, no existen motivos para tanta desazón en la derecha y, menos todavía, para los elogios desbordantes que hemos escuchado en varios dirigentes de la oposición concertacionista.

Vamos por partes. La sola temporalidad de ciertas alzas impositivas da cuenta de que este debate nada tiene que ver con un afán redistributivo ni mucho menos con un juicio crítico sobre nuestra desigual carga tributaria. A continuación, la asimetría de las medidas anunciadas, en relación con la facturación y utilidades de los sectores afectados, evidencian la estrecha relación que Sebastián Piñera mantiene con los empresarios, cuando no de lo permeable que el gobierno resultó ser a las presiones previas. Es francamente incomprensible que a la minería, el sector que más contribuye a nuestro PIB, se le haya solicitado -en forma temporal y sin ni siquiera conocer todavía los detalles de la propuesta- una contribución menor a la que se someterá a la industria del tabaco. Es igualmente extraño, conforme a lo anterior, que no se haya hecho ninguna referencia al impuesto de los alcoholes.

Por último, el tan cacareado aumento impositivo a las grandes empresas no sólo se atenuará significativamente por la posibilidad de que éstas sigan haciendo reingeniería tributaria y contable, sino también -permítanme recordarlo, ya que nadie habla de esto- por una serie de otras rebajas tributarias anunciadas en forma paralela. La congelación del alza que estaba prevista para el impuesto de la Ley de Timbres y Estampillas, o aumentar de 12,5% a 50% la posibilidad de computar como gasto las nuevas inversiones de empresas que facturan hasta mil millones anuales, tendrán un efecto significativo en la menor recaudación por parte del Estado.

Frente a este panorama,  ¿de qué tanto podría congratularse la centroizquierda? Más allá de querer contrastar con los predecibles lamentos de ciertos sectores en la derecha -cuya reacción en estas materias opera por defecto-, la Concertación se apresuró a validar una propuesta que poco y nada tiene que ver con lo que otrora venía defendiendo. Es cierto que la escasa iniciativa en estas materias durante los últimos 20 años pudo haber contribuido para conformarse con bien poco. Pero especialmente tomando en cuenta la necesidad de reorganizar a la oposición en torno a un nuevo ideario que dé cuenta de los desafíos que Chile tiene por delante, esto es menos que poco.

Ya durante la pasada campaña presidencial se decía que la Concertación había perdido sus banderas. El renovado entusiasmo que el entonces candidato, hoy Presidente, mostraba por la protección social, las libertades públicas o por la necesidad de fortalecer el rol regulador del Estado, desencajó a sus adversarios en la medida que no lograban posesionar sus diferencias.

Aunque pudiera parecer similar, lo que hoy está ocurriendo es más preocupante todavía. Al tenor de una campaña, es habitual que afloren las promesas premunidas de cierta laxitud verbal. Sin embargo, y en forma posterior, cuando éstas se pretenden dar por cumplidas de esta manera y los adversarios además se muestran satisfechos, es que la confusión en torno a los contenidos básicos del proyecto concertacionista era más profunda de lo que nos parecía.

No se trata, como creen algunos, de una competencia por quién parece más progresista. El objetivo es, primero, retomar aquellos valores, principios e ideas esenciales para afrontar la lacra de la desigualdad y hacer de Chile un país más justo; y segundo, abogar por políticas públicas consecuentes y pertinentes para satisfacer dichos anhelos. La Concertación está sólo insinuando lo primero y derechamente no está haciendo lo segundo.

FUENTE

http://diario.latercera.com/2010/04/25/01/contenido/7_25097_9.shtml

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